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Acapulco añejo

 

Acapulco era de los tlahuicas. Después parte del imperio azteca. Después parte del imperio español. Luego parte de la región insurgente. Nuestro siglo vió el imperio del jet-set. Ahora, quizás, se establece el reino de la nostalgia. Se redescubrió el viejo Acapulco como una botella de buen vino, olvidada en la bodega. Los sibaritas son pocos todavía, pero la botella ya está descorchada.

Cada época dejó sus huellas en Acapulco. El nombre es azteca: Acatl-Poloa-Co, lugar de las cañas fáciles de quebrar. El puerto, siglo XVI; el Fuerte, siglo XVIII; las primeras fortalezas del romanticismo turístico de los años cuarenta, y algunos hoteles parecen ya del siglo XXI. El Acapulco añejo, el del primer auge turístico, no se ofrece voluntariamente. Hay que buscarlo, descubrirlo.

Un músico suizo, jefe de una banda exotisa de “swing”, decidió vacacionar en los Estados Unidos, y cuando andaba allí de paseo, feliz y contento, los norteamericanos entraron en la guerra, la Segunda Guerra Mundial. Para cumplir formalidades el músico sale a Tijuana, México, para regresar el mismo día. Teddy Stauffer nunca regresó. México lo atrapó como a muchos extranjeros que nada más querían “echar un vistazo” y luego se echaban toda una vida aquí.

En 1942 el suizo llega a Acapulco, y siete años después abre el restaurante “La Perla” y transforma una hazaña, el clavado en “La Quebrada”, en un “show” que se vuelve famoso. El clavado y Acapulco – una combinación exitosa.

Teddy Stauffer ya es viejo como su Acapulco. Ahora vive en una cas asin timbre, sin teléfono, sin letrero, cerca de los nuevos grandes hoteles lujosos donde antes era la primera pista de aterrizaje…

Muchos acapulqueños recuerdan a Teddy Stauffer, parte y partero del Acapulco espléndido, de una imagen inmortal, de un sueño de millones de habitantes de tierras frías. Pero la historia de Acapulca no empezó en los cuarenta. Aunque no hay ningún Teotihuacán cerca se puede sentir el olor de una historia siglos más antigua que el país de donde proviene la mayoría de los turistas.

Los acapulqueños prehispánicos nos dejaron huesos, piezas de cerámica, algunas ruinitas y el nombre mismo del lugar. A partir del siglo XVI Acapulco se vuelve importante. Es puerto para los barcos españoles y la “Nao” de China, los cuales llevan seda, marfil, plata, todo tipo de maravillas a través del Pacífico. Por primera vez el aire de Acapulco se llena del olor de la riqueza. Pero este sueño termina con el fin del impero de la “Nueva España”, como llamaban a México.

Acapulco se volvió una pequeña ciudad de pescadores. Hasta los años cuarenta de nuestro siglo no cambió nada. Pero luego pasó el milagro de Acapulco. Y dentro de unos diez, veinte años llegó a ser EL balneario de los ricos, de los famosos del mundo.

Dolores del Río, John Wayne, artistas, millonarios, sanos, locos… muchos tenían sus casas lujosas alrededor de las playas, y Acapulco recibía a todos igualmente. Ahora, entre nuevas casas en construcción y ruinas de la especulación, descansan también las grandes casas lujosas de los grandes huéspedes de Acapulco. La zona noble ahora es zona popular, y el hotel más espléndido del Acapulco añejo, que acaban de renovar, es como una isla blanca en este Acapulco ruidoso, simpático, popular, que está mucho más lejos de la nueva zona hotelera de lo que los kilómetros indican.

Hace años murió uno de los viejos acapulqueños famosos, que hoy casi está olvidado: Johnny Weissmueller. ¿Tarzán era acapulqueño? Sí, porque aquí filmaron películas (y siguen filmando), y el actor se enamoró con Acapulco, se compró una casa, vivió mucho tiempo aquí y descansa también en Acapulco. La tumba de Johnny Weissmueller se encuentra en un nuevo cementerio, muy lejos del Acapulco viejo.

El Acapulco añejo no se ofrece voluntariamente. Hay que buscarlo, descubrirlo…

 

© Thomas Fitzner, 1988