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Cuando tenía tres años jugaba con el archiduque Franco Fernando del Impero Austro-Húngaro. Diez años estuvo en el cuerpo diplomático alemán hasta que le pareció demasiado absurdo. En México se dedicó a renovar edificios antiguos, entre ellos la famosa casa Humboldt de Taxco. Como historiador de arte sugirió teorías osadas sobre la inmigración al Nuevo Continente. Durante los últimos años el hidalgo prusiano ha recogido basura del Río Atongo en Tepoztlán. Alexander von Wuthenau, 88, neo-ecologista y “enfant terrible” de la arqueología americana.

En su Volkswagen Sedán el “anciano” delgadito y enérgico acude a sus compromisos y huye cada semana de su casa en San Jerónimo, D.F., a Tepoztlán, una aldea de la provincia, aún no afectada por las nubes de contaminación de la capital. El aire de la gran urbe, México, es obviamente lo único que le acelera la respiración a “Alejandro”.

Lo ví por primera vez en una fiesta de cumpleaños, donde “Alex” se peleaba con otro ecólogo sobre quién de los dos trabajaba más con sus manos. Después anunció con una sonrisa maliciosa que iba a molestar a los tipos que querían festejar 1992 como año de Colón. Según Wuthenau el “disque descubridor” no fue ni siguiera el tercero en llegar a América. Después nos cuenta la historia asombrosa de la inmigración semita antes de Colón, empezando con la tribu perdida de los judíos que, según Wutgenau, atravesó África y cruzó el Atlántico para llegar a América y dejar huellas visibles en las facciones de los indígenas del Nuevo Continente. Un indio judío se perdió en el Atlántico y fue rescatado por europeos quienes documentaron el hecho elaborando una escultura de la cabeza del pobre náufrago. La escultura se encuentra en el Louvre en París. Dice Wuthenau.

Un arqueólogo me dijo después: “Usted sí se da cuenta que este hombre está loco…?”

Los arqueólogos convencionales tienen problemas con las historias increíbles de Alexander von Wuthenau, pero también con la interpretación de la cerámica y la escultura prehispánicas, las cuales muestran a veces hombres con asombrosas características raciales. Acerda de las gigantescas cabezas olmecas nos dicen: “Las características negroides todavía son un misterio.”

Con voz chillante, Alejandro comenta: “Usted no va a creer que en la América prehispánica un indígena INVENTA un negro?”

Considerando a los navegantes sobresalientes de los pueblos antiguos, al contra-historiador Wuthenau no le cuesta nada imaginarse un tráfico bastante frecuente vía los océanos Pacífico y Atlántico. Y por falta de documentos escritos hay que convocar a los artistas prehispánicos de América al “estrado de testigos de la historia”. Alex hace exactamente esto en su libro “Unexected Faces” (“Caras inesperadas”, inglés, publicado por el autor), una obra muy original y llena de anécdotas autobiográficas, en donde destaca la argumentación inconvencional de Wuthenau.

La ciencia establecida no puede rechazar totalmente las ideas de este hombre. Su trasfondo intelectual es demasiado sólido y su cabeza de 88 años demasiado clara. Le invitan a congresos y a conferencias en universidades, escuchan con atención los enigmas que presenta, pero de todas maneras se asustan cuando Alex saca sus conclusiones y aplasta la querida historia aprendida (Estrecho de Bering y ya…).

Por otro lado surge admiración cuando el “mexicano prusiano”, nacido en el año cero de nuestro siglo, cuenta de su pasado.

Su papá era oficial de la guardia real de Prusia, la mamá era la hemana de Sophie, esposa del archiduque austríaco. El pequeño Alexander goza de una educación elitista, ya no tiene que luchar en la Primera Guerra Mundial, estudia derecho internacional y empieza una carrera como diplomático. Dentro de la misma va en 1928 a Buenos Aires, donde por primera vez busca a los verdaderos americanos, después, desde 1930 hasta 1934, a Washington (“otra vez ni un solo indio”) y luego, cuando tendría que haberse reportado con el embajador Ribbentrop en Londres, está harto y deja de ser diplomático alemán. En Múnich había visto los principios del movimiento nacionalsocialista, después había visitado una vez más su tierra en 1933 para echar un vistazo “a esta cosa”. Y como no pudo compartir la ideología de los nazis, se sale, en 1934, del servicio diplomático en la capital estadounidense.

Von Wuthenau empieza a buscar a los “verdaderos americanos”, mientras se gana la vida como pintor y arquitecto. En 1935 llega a México y encuentra, por fin, a los americanos originales, es decir: indígenas. La antiquísima historia del “Nuevo Continente” le fascina tanto que el historiador de arte Wuthenau se enamora inmediatamente de una cultura, que hasta hoy no ha sido apreciada ni en los Estados Unidos, ni en Europa. Le encantan sobre todo las obras de los artistas prehispánicos, las piezas de cerámica y escultura, que muestran una variedad y calidad artísticas comparables con cualquier producto de altas culturas del resto del mundo.

En su casa en San Jerónimo, Distrito Federal, tiene una colección notable de arte prehispánico. Su cuarto de trabajo contiene un pequeño museo donde exhibe piezas clasficadas por las características raciales que muestran los hombres representados. Con todo el gusto del mundo Wuthenau se pelea con historiadores establecidos y le encanta tocar lo intocable, la teoríoa de la inmigración exclusiva por el Estrecho de Bering.

Pero mientras, el hidalgo prusiano emplea sus energías en otra lucha. “Para qué sirve toda la investigación sobre nuestro pasado si la gente de hoy no tiene aire limpio para respirar y agua para tomar?” se preguntó Wuthenau hace unos años. En su segundo hogar, Tepoztlán, construyó 17 presas pequeñas en el Tío Atongo y el río, que durante muchos meses del año era un gran basurero, se convirtió de nuevo en un río verdadero. Un evento que Wuthenau celebró con una regata de canoas en plena época de sequía.

El viejo juveníl ha tenido problemas para llevar a cabo sus planes ecologistas. Lamenta que ni las autoridades, ni la iniciativa privada aprecian la labor que ha venido desempeñando. “Historias increíbles!” exclama von Wuthenau.

Pues, éstas son su especialidad.

 

© Thomas Fitzner, 1988